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la figura tridimensional que brinda la Síndone

El día 7 de noviembre de 2009, a las 19,30 horas con una precisión exacta, fuimos partícipes de una conferencia que había sido auspiciada por la Cofradía del Santo Sepulcro en colaboración con el Centro Español de Sindonologia en Aragón presidido por la Sra. Dª. Eloísa Trillo-Figueroa Martínez-Conde. En un ambiente de cordialidad e interés se celebró el evento en la sede del Colegio de Mediadores de Seguros de Zaragoza y Teruel, facilitada por el secretario de la delegación de CES-AR, D. Pedro Luis Conde, e impartida por el Sr. D. Juan Francisco Bohórquez Ramos, sacerdote, teólogo y médico cirujano, el que desde un punto de vista médico fue desbriznando los últimos momentos de la pasión de un crucificado que la propia mayéutica socrática nos lleva a identificarlo con Jesús sin dejar dudas al respecto.

Magistralmente conducida por D. Juan la conferencia ofrece un recorrido sobre la figura tridimensional que brinda la Síndone. Esta figura llamémosla aun desconocida, presenta a un varón menor de 40 años de posible raza semita del grupo sanguíneo tipo AB, muy escasa entre la población mundial pero muy abundante entre los hebreos, que es envuelto tras su muerte en un lienzo de 4,40 metros de largo por 1,10 de ancho cubriendo la totalidad de su cuerpo; en él se han hallado entre otras cosas, mirra y áloe, ungüentos utilizados sobre los cadáveres de la época, también tejido epitelial (piel), e incluso fragmentos de carne, lo que nos puede dar una idea  de lo inhumano y cruel que resultaba la justicia romana, pero eran costumbres del siglo.

Describe con precisión profesional los sufrimientos psicológicos  de angustia, soledad, indefensión  que tuvo que padecer el crucificado, ofreciéndonos un cuadro clínico del  momento:
                   Getsemaní: Hematohidrosis  > Hipersensibilidad dérmica.
Estado febril, cefalea, deshidratación, fatiga muscular (agujetas y calambres), tetanización (rigidez)…
Hemorragias  > Shock hipovolémico.
Dolor  > Shock neurogénico.
=>Fallo suprarrenal.
=>Shock asfíctico, shock cardiogénico.
Síndrome de deglución.
Así con la sabiduría que le otorga sus conocimientos sobre el tema, nos van introduciendo de facto en aquellos días aciagos describiendo centímetro a centímetro ese destrozado cuerpo. Inicia su descripción por la cabeza donde ofrece una explicación tanto de su parte anterior como posterior,  indicando en ambas los más mínimos detalles las deformaciones y heridas sufridas por las caídas, los golpes y los fustigazos. Pasa a narrar y desmitificar con total acierto la corona de espinas, pues la imaginería tradicional nos ha presentado un Cristo totalmente diferente al real en cuanto a este suplicio; es cierto que fue coronado, pero ello fue al modo oriental, esto es, en forma de casquete que cubría la parte alta de la cabeza, no aroforme; ello implica que las punzadas de sus afilados espinos se hallaran por todo el cuero cabelludo y no sólo en la parte circundante.

La flagelación explicada estremece al oyente; el flagrum era un instrumento regulado en el ejército romano empleado para castigar las indisciplinas leves de los soldados (en todos los ejércitos hasta épocas recientes se ha estado utilizando variantes de ese castigo), pero el taxilatum era de una contundencia más efectiva, real y dolorosa: los taxilos eran unas bolitas de plomo o hierro (según versiones) en su adaptación más “humana” que se colocaban a una regulada distancia al final de las correas que componían  el flagrum; aún con ello se clavaban en la piel y arrancaban tejido muscular y epitelial con suma facilidad.

Restos de madera de roble se hallan en la base occipital del crucificado como consecuencia del acarreo del patibulum o madera trasversal que se colocaba sobre el Stipes o palo horizontal conformado una cruz o tau (commissa) en función donde se colocara el primero; en este caso su forma immissa, esto es la traviesa colocada a unos centímetros por debajo del final del stipes es la que construyeron para Jesús, con objeto de colocar el cartel donde se indicaba el motivo de la ejecución.

Las manos, los pies, la muerte, la propia lanzada, todo ello fue descrito con una realidad que pasmaba al más entero. Los romanos eran expertos en la crucifixión aunque no pertenecía a su acerbo, pues fue copiada de los castigos que se realizaban en Mesopotamia de donde es originaria; si bien la usaron en numerosas ocasiones, siendo su uso más común los ligazones de los miembros superiores e inferiores al madero; los clavos se usaban en escasas ocasiones. Utilizaban las distintas versiones que su imaginación les ofrecía, desde las stipes de un solo palo hasta la de San Andrés o en Aspa. La muerte se producía por asfixia: el peso del cuerpo bloquea la caja torácica impidiendo la respiración, lo que obligaba al crucificado a incorporarse continuamente sobre los pies clavados para respirar. Nos podemos imaginar los terribles dolores, la agonía descarnada que como hombre sufrió.

Es de resaltar, para aquellos que aún duden o que lean artículos pseudocientíficos (apoyados por organizaciones ateas y gnósticas) donde intentan demostrar la falsedad de la Sábana de Turín naturalmente sin conseguirlo, pues lo real es evidente, análisis cimentados en la aplicación del Carbono-14 (sistema de datación basado en el estudio de los isótopos inadecuado para fechas recientes, eso se aprende en 1º de carrera) obviando los polinológicos más exactos, y los documentales, la constatación arqueológica aún por efectuar determinará en su día la certificación definitiva del Santo Lienzo. Como dijo el extinto Papa Juan Pablo II, de santa memoria, dejemos que la ciencia se pronuncie, ella explicará si puede, lo que el lienzo conserva…; hasta la fecha no ha sido posible aún empleándose para ello todas las técnicas tanto físicas como de ingeniería aplicadas a desentrañar el misterio latente de lo que para los cristianos, sin ser dogma de fe reconocido por la Iglesia, supone la prueba real de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

La elocuencia del conferenciante, su rico anecdotario aplicado al acto y su profundo conocimiento del tema, hace más amena, didáctica e interesante la conferencia que tuvimos el honor de escuchar. No fueron pocos los que solicitaron una nueva sesión en base al interés suscitado, y es que naturalmente todo lo relacionado con el Maestro nos embebe a los verdaderos cristianos. ¡Ánimo D. Juan!, ¡ánimo CES-AR! Somos legión los que estamos ávidos de días como el pasado 7, de conocer más y mejor al Maestro, de entender cuánto sufrió por nosotros, para avergonzarnos continuamente de no estar a la altura, no ya de sus sagrados pies, sino del piedemonte del Gólgota; pecadores que nos vemos arrastrados hacia el caos y que contemplamos (cuando no participamos) desde la comodidad, la no implicación, la vergüenza de reconocer públicamente que amamos a Cristo; esa será nuestra pesada losa sobre la que el viento esculpirá letras de dolor, palabras no pronunciadas que serán nuestro epitafio, que servirá para identificarnos entre los Justos por esa cobardía congénita generalizada ante los atropellos constantes a nuestra fe y nuestra esencia.

No podía despedir este artículo sin un profundo reconocimiento a mi buen amigo Vicente Franco Gil, impulsor y autor real del disfrute multitudinario de las 60 personas que allí nos reunimos el pasado día 7, defensor y bravo paladín en defensa de la Fe, dispuesto siempre a ofrecer lo mejor de sí mismo para dar a conocer el Evangelio del Mesías; para mostrarnos que existe otra vía, su pronta disposición a facilitar encuentros y conocimientos sin escenificaciones ni agobios propios del que carece de razón, por todo ello… Gracias de corazón, amigo.

 

Zaragoza 9 noviembre 2009
José María Fernández Núñez

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