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La ruta de los Sepulcristas
Es un evento ex novo de historias medias pertenecientes a un todo, desarrolladas sobre calles angostas y vetustas de esta ciudad que consciente o inconscientemente ha sabido preservar para los venideros, el que fue uno de los más importantes enclaves de resistencia, no ya numantina, si no, zaragozana con nombre y mérito propio, ante un agresor que nunca supo entender bien al defensor que tenia frente al cañón de su rifle y que se inmolaba aparentemente sin sentido en defensa de lo que desde un principio ya estaba perdido. La única forma de amar a una tierra, una gente, unas costumbres es a través de su historia, participando en ella los foráneos quedamos prendados y pensamos (con escasas posibilidades de errar) que también ese mismo devenir pudo ocurrir en la nuestra. Los nativos con justo orgullo hinchan su pecho y respetan con más honor si cabe el apellido que antes con honra y pasión llevó otro. Esa incrustación social que en ocasiones nos cuesta aceptar pero que, inconscientemente la realizamos, formando parte de ese nuevo (para nosotros) hogar familiar que constituye la ciudad en la que vives y que has elegido pasar el resto de tu vida; arraigan con más fuerza cuando hojeas las páginas de su historia, te imbuyes en ella dejando que te invada totalmente como si de una segunda piel se tratara que, su energía canalice a través de tus venas y arterias y se distribuya hasta el ultimo rincón formando un todo y acabas convenciéndote de que tú también perteneces de facto a ella. Esas herramientas solo la encuentras en los textos, estudios, investigaciones, son la realidad del devenir de la ciudad y sus habitantes.
Este documento de investigación surgió de uno más amplio aun por editar premio de investigación de este año de 2009. Se tradujo en una Ruta Histórica por mor de la cada vez más acendrada admiración hacia sus protagonistas, no podía de ninguna manera dejar que solo existieran en las líneas de tan prolijo trabajo, necesitaba algo más, aquellas gentes merecían algo más. La piel se me ponía de gallina el solo pensar e intentar situarme en la época y lugar junto a ellos disparando el fusil si lo tenía, o acarreando piedras para la artillería, o levantando mampuestos para entorpecer al enemigo, o abrir profundas zanjas o, … sabe Dios qué cosa; me dije que esos HEROES debían ser al menos recordados en sus domicilios, en sus lugares y formas de sacrificio, no podían quedar agolpados en las estanterías, sus biznietos que deambulan actualmente por esas mismas calles, al saber de sus gestas recobrarían si es que alguna vez lo perdieron ese orgullo de raza que nos caracteriza a los nativos de esta piel de toro. Ese fue uno de los motivos de la Ruta, quise no solo decirles a los zaragozanos y foráneos las gestas que realizaron las gentes que poblaban sus calles y casas, sino decirles como vivían donde vivían y de qué vivían. Su modus vivendi no solo gira en torno a su estatus socioeconómico, también abarca su posición social, su foraneidad en algunos casos y su extrema pobreza en otros, pero todos unidos en defensa de lo que ellos creyeron era bueno para sí y su ciudad.
Esta Ruta sin llegar a cubrir la totalidad de las habitaciones de sus protagonistas, sí que intenta recoger un máximo de ellos, sin que destaque ninguno, así de Jorge Ibort solo se recoge su primera y última morada porque en el trayecto se halla, no se contempla su periodo bélico ni sus logros militares, ni tan siquiera su vida familiar porque su desarrollo no pertenece al trazado histórico de esa Ruta. Los zaragozanos de hoy deben saber que mientras luchaban y caían defendiendo los muros de su ciudad, también y al mismo tiempo asistían a los ritos, pues la guerra no paralizó en ningún momento su asistencia y obligaciones para con la Cofradía, así hay documentos que lo atestiguan. Si habían salido a la luz de nuevo después de dos siglos de olvido, era de justicia que lo hicieran por la Puerta Grande, se lo merecían habían dado todo, cuando no poseían nada, como dice el poeta.
Aquellas calles y plazas, testigos y cómplices de sus devaneos amorosos con la moza de sus sueños, aquel paseo de verano por donde iban nuestras Hermanas cuando sus quehaceres se lo permitían o en los escasos días de fiestas, comentando con cómplices sonrisas de juventud, adornadas de esa sutil malicia que acaramela al avispado mozo, las conversaciones propias de las gentes de todas las edades. Esos lugares testigos de su niñez, de sus sueños y preocupaciones, calles que siguen incólumes guardadoras de los susurros y secretos de juventud, de los juramentos de amor eterno a la luz de la luna en una noche de verano que cualquiera de aquellos bravos le refería a la maña de sus suspiros, calles plenas de vida y sueños, de proyectos y esperanzas; plazas y fuentes, punto de encuentro donde se debatían las diarias cuestiones que surgen en toda comunidad. Sí, son calles cargadas de historia, olvidadas del resto de la ciudad que como aquellos vecinos que las inmortalizaron claman con gritos sordos ocupar el puesto que les corresponde. Este olvido jugó carta a favor, la zona no participó del desarrollo y de la posterior expansión urbana de la década de los 60 cuando se abren nuevas y se remodelan otras, desapareciendo muchas. El trazado de la Ruta por ellas se hace así más real, más autentico, solo la desembocadura de la calle Cantín y Gamboa rompe el encanto cuando la ciudad pretendió y así hizo aprovechar la brecha abierta por el enemigo para confluir la calle con el paseo de verano, hoy calle de la Mina.
Nuestras mujeres al igual que el resto de zaragozanas (nativas o no) también supieron estar a la altura de las circunstancias, el alto número de caídas así lo demuestra, siendo los hombres los más numerosos por razones obvias que no siempre se ajustan a un estereotipo determinado. Ellas las grandes desconocidas de la barbarie, imprescindibles en cada rincón de una calle, en cada casa, en cada muro, en cada parroquia, en cualquier sitio, pues para todo valían y las hacían valer, formaron parte de aquellas legiones de desconocidas que fueron soterradas entre los escombros de la ciudad quedando olvidas de la memoria de las luchadoras HEROINAS que sostuvieron al francés de igual a igual. Hoy gozan del reconocimiento de sus descendientes en general y sus Hermanos espirituales en particular, sus nombres vuelven a ser pronunciados, a ser recordados, ser leídos y saber su pequeña aportación a la Historia de la ciudad, pues solo el olvido mata, destruye y condena a los infiernos a su poseedor, mientras seas recordado estarás vivo, aseguraban los romanos en sus ceremonias de difuntos.
Los puntos del recorrido coinciden siempre con uno de los tres casos y por esta preferencia, Lugar De Muerte, allá donde se sabe documentalmente de la caída de un cofrade , calle, casa, tapia, corral ,etc., se ha recuperado todo lo que buenamente se ha podido sobre él y el momento de su sacrificio. Un segundo criterio es el lugar de lucha, destino que ocupaba, armas que empleaba, lugares donde combatió y mando bajo los que sirvió y un tercer criterio es el de su domicilio. Todos aquellos que no se enrolaron en los grupos más o menos estructurados que se iban formando a media que al crispación social iba en aumento y se mantuvieron en su domicilios, sus trabajos, intentando permanecer ajenos a la tormenta que se avecinaba y que desataría el empecinamiento de un pueblo que no sabe doblar la cerviz, todos esos que por carecer de armamento, por su nula instrucción militar, su edad, (la mayoría no aptos para el combate) se emplearon en otros menesteres de fortificación cooperando con el gran poliorceta que Zaragoza tuvo el honor de enterrar, invicto y honorable militar que fue abatido en la batería de Palafox en una jornada de inspección. Sangenis compartió con nuestros hermanos esa ardua labor de preservar vidas propias y desproteger las contrarias. Cofrades del Santo Sepulcro que dieron al elenco martirial de la ciudad nombres de relevancia y protagonismo singular como Jorge Ibor, Manuel de Gracia, Camilo de Aced y sus familiares, Francisco de Asso, Francisco Gil, etc., son en total 148 muertos algo más de la mitad de su censo que lo componían antes del asedio un total de 284 almas, después quedarían una mayoría de jubilados y ancianas, la juventud había sucumbido en su casi totalidad. La Cofradía sufrió el mayor contratiempo de su ya entonces, larga Historia.
El Sepulcro en aquella época al igual que ahora está formado por un reducido grupo de fieles del Cristo Yaciente que entienden la vida a través de la enseñanza del Maestro y del que somos rendidos esclavos. Él fue el que nos enseñó el camino al igual que a nuestros Hermanos de principios el siglo XIX, había que hacer algo por ellos y por la Cofradía, darla a conocer, que los zaragozanos sepan de su existencia, de su acerbo, ritos y costumbres, que compartan con nosotros nuestro Canto (pan bendito) entregado el tercer día de Pascua, que adoren a nuestro Cristo con el mismo fervor que nosotros lo hacemos y que compartan con nosotros todo aquello que deseen compartir, que vean y sientan el Sepulcro, como nosotros vemos y sentimos a nuestros hermanos de alrededor. Esta historia que en un principio podría parecer exclusiva y un tanto excluyente, no lo es, pues con ella se intentan lograr dos objetivos fundamentales, por una parte la importancia que tuvieron las Cofradías religiosas y menestrales que aún sobre existían como tristes testigos de una época ya finada y por otra la extrapolación a cualquier otra de sus hermanas cuyos cofrades también participaron con el mismo ardor, ímpetu y sacrificio que la expuesta. Cofradías como la Sangre de Cristo y su importante labor, la recién creada Columna, el Nazareno que ya peinaba los 50 años de existencia, La Hermandad de San Joaquín y de la Virgen de los Dolores que desde el 1522 se hallaba presente en las calles zaragozanas, la del Resucitado y tantas otras, unas supervivientes y otras desgraciadamente desaparecidas
Este es un homenaje que los Sepulcristas en su mayoría queremos rendir a nuestros ancestros espirituales que son los de todos, porque todos deben verse reflejados en ellos, puesto que a todos abraza el deseo de compartir y aunar los distintos miembros en un solo cuerpo...Cristo, su enseñanza y ejemplo.
Zaragoza 3 de septiembre de 2009
Jose Maria Fernández Núñez
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